Hoy me visto con la melancolía de mi vestido azul. Un tango se escucha a lo lejos, de una canción de un tierno amor de verano, de la historia de un tal vez, de tiempos añorados que nunca pasaron.
Camino bajo la luz de la luna llena, y la canción deja de sonar. Cinco segundos pasan, y mi vida vuelve a despertar. Un recuento de un año sufrido, de esos años que me gustaría olvidar. Pero sé que he crecido, y lo aprendido no se me irá jamás.
Las luces de navidad fulguran en mis pupilas, todo está embriagado de una ambigua alegría. Familias que recuerdan a quienes ya no están con ellos, personas que se obligan a creer que por una noche serán felices. En una noche donde lo mágico es ser todos uno. Donde no importa quién esta al lado, y piensas que tienes más hermanos, de saber que eres como el resto, pero eres especial por ello.
Sigo caminando, y un puñado de estrellas de fuego cuelgan en el cielo. Oigo como detonan, siento el nervioso temblor de mi cuerpo. Veo al final del sendero, pequeñas siluetas que cariñosamente se despiden de mi. No les devuelvo la seña, y sigo caminando sin siquiera mirarlas. Alguien sorpresivamente me abraza, y siento su calor calar al fondo de mi corazón. Parpadeo una vez, y ya no está. Sé quién era, y sé que me esperará en casa.
Sonrío, el tango se vuelve a escuchar. Un grupo de personas pasan a mi lado y se quejan de la vida injusta que les tocó vivir. Me río y pienso, que hay que ser positivos... Lo peor está por venir.
Llego al final del sendero y una persona me toma la mano, y me lleva más allá. Un lugar que estoy segura, que conoceré alguna vez.
¿Y sabían qué? Las siluetas no se despedían, me saludaban...