Todos los días, mi corazón se rompe un poquito más.
Cuando abro los ojos, los siento arder. No quiero, pero sé que debo volver. La realidad me espera, y con sus brazos me empuja y me hace caer otra vez a ese torbellino gris de la monotonía. Me siento en mi cama, y escobillo mis ojos con mis manos empuñadas. Siento como una estela dorada cae de mi cuerpo y deja un rastro invisible para el mundo, pero que para mi no es indiferente: es la evidencia de que mi mundo existe, y que tuve que salir de allí a la fuerza. Mientras me visto, salgo de casa, camino por las calles, entro al metro... siento como mis ropas imaginarias se despojan de mi cuerpo, y se desgarran antes de caer al suelo. Todos los días, a cada hora, siento como yo voy convirtiéndome en una más. Una más, como el resto. Una más, del montón. Una más entre ellos, una menos yo.
La gente me mira pasar, yo sólo sonrío. Cuento las horas para volver a casa, encerrarme en mi pieza, y volver a ser, lo que siempre fui. Porque desde que quise ser alguien, no dejo de arrepentirme. Un rastro de lágrimas, por cada paso que doy. Soy una extraña más. Un rostro difuso. Un alma taciturna, que está en el umbral de la realidad y la fantasía, que se mueve confusa entre ambos mundos. Hoy la gente ya no piensa, se mueven autónomas ante las masas, mientras que almas como la mía, aún siguiendo la corriente, creemos que hay otro camino, un camino mejor. Nuestro propio destino. Pero seguimos adormecidos ante la rutina, y nuestras ropas siguen cayendo, desgarrándose, esfumándose...
Cae la tarde, y los rayos rojos, naranjos y dorados del astro rey, acarician mi rostro. Me recuerda que aún hay tiempo, que todavía puedo luchar por ser, lo que siempre he sido, y he enmascarado con tanto esmero. Miro a mi alrededor, y la gente se mueve al son del ruido de los gritos, y el trafico. Sólo un par de personas, entre las calle congestionadas, miran silenciosos el final de día. Y suspirando con melancolía, continúan camuflándose entre la gente. Y yo sigo su ejemplo, y me desaparezco en la masa. Llego a casa, y mi última ropa imaginaria, cae como seda a mis pies. Me acuesto en mi cama, y cierro los ojos. Mis seres imaginarios, vuelven a buscarme. Me invitan a unirme a ellos, yo les sigo. La imaginación logra cosas imposibles. Y ellos ríen, y yo rió con ellos. Encontré el lugar al cual pertenezco, mientras que en el mundo real, de números y seriedad, no hallo lugar entre ellos. Mis seres imaginarios se despiden de mi, yo vuelvo a despertar, y mis ropas imaginarias intactas, vuelven a caer... Se desgarran... Se esfuman...